LA NIEVE VISTIÓ A MATAELPINO DE ÉPICA

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El periodista Luis Javier González – en la gráfica cortesía de Ibérika Trail – nos ofrece su particular perspectiva de la primera prueba de la Copa Madrileña de Carreras por Montaña realizada el sábado 9 de marzo en Mataelpino. Una crónica que mete el frío en el cuerpo y nos transporta a la ruta, este año nevada y técnicamente complicada. 

 

  • La primera cita de la Copa de Madrid discurre por escenas más propias del alpinismo que del trail, una rareza que saborear en una sierra tan desnuda en los últimos inviernos.

 

Por Luis Javier González (Corredor – Periodista de trail en El País)

Una de las máximas del trail es que cada carrera es única: la meteorología y el estado del terreno tienen su propia personalidad, que cambia cada año. El paso del tiempo ha convertido a Mataelpino en la joya del circuito Iberika, un recorrido digno de Copa de Madrid por distancia, dificultad técnica y belleza. Pero en la época de los inviernos sin nieve, lo que vivieron este sábado los corredores fue excepcional, uno de los trails más exigentes, con nieve desde prácticamente 1.300 metros y zonas cimeras con más de 30 centímetros de espesor que invitaban más a unas botas semirrígidas para hacer alpinismo que a esas livianas zapatillas que deslizaban sobre una pista de patinaje. Quizás pasen años hasta que los mejores corredores de la región vuelvan a discutir su hegemonía en lo que por momentos fue un snowcross.

Cuando a uno le suena el despertador en Segovia a las siete de la mañana y escucha el viento azotando su ventana se imagina el apocalipsis en una cuerda de montaña de la Pedriza por encima de 1.600 metros. Quedar con amigos –gracias, Pedro– sirve para no dar al cerebro la esperanza de retirada. Del confort de las sábanas a descender Navacerrada y ver la cosa cubierta de nieve a esa altitud temida, con las nubes que aguardaban nuestra llegada en el horizonte. Aparcar al lado de la salida es buen síntoma. Como dejar la cazadora en el coche para recoger el dorsal. Si no llueve y nos respeta el viento, podemos pasarlo bien.

Llega el momento de las decisiones: cinturón o mochila. Opto por la primera opción porque el cielo da un respiro y creo no deshidratarme, aunque solo haya un avituallamiento en 20 kilómetros con 1.300 metros de desnivel positivo. El respeto al Parque Nacional del Guadarrama manda –tuve que recoger el envoltorio verde de un gel– y no estábamos precisamente en una ola de calor. Pero la decisión que arruinaría mi día la tomé la noche anterior. Dejé las Sportiva Bushido en el armario y metí en la mochila las The North Face Vectiv: placa de carbono para cuidar la rodilla y volar cuando se pudiera. Neumáticos de seco para un circuito de alpinismo.

Da gusto ver a cientos de compañeros inquietos en un cajón de salida, el celo con el que los árbitros vigilaban el material obligatorio o el tono jovial del speaker que iba a quedarse en aquel refugio de asfalto mientras mandaba a los soldados a lo desconocido. No hizo falta mucho tiempo para entender que los pies no estarían nunca secos; que aquel riachuelo no perdería caudal con la altura y que el líquido elemento cambiaría pronto de estado. Tras unas rampas de calentamiento, de senderos estrechos, de ramas traicioneras, llega la dentellada con el más puro aroma pedricero: 1,8 kilómetros al 23% de pendiente media. Ritmo de kilómetro vertical y la temida nieve. Mis neumáticos de seco ya traccionan con dificultades y uno  se huele el sufrimiento: “Verás cuando toque bajar por aquí”.

El trail nunca da a la vista la importancia que merece, pero el snowcross se siente en el tacto –esas manos enrojecidas– y en el oído, con ese crujido de nieve que enamora. Me acordé de Pikes Peak y de sus últimos kilómetros en nieve perfecta, la mejor hora de mi vida con unas zapatillas de correr, pero era todo subida. En cuanto empezó la primera vi que aquello era otra historia. Neumáticos de seco y sin boxes cerca. Cuesta entender tu vulnerabilidad en un sendero tan estrecho en el que no es facil ceder el exigido paso a los compañeros cuando estás haciendo patinaje. Cada adelantamiento es un golpe de confianza; estoy bajando a 98 pulsaciones cuando me pongo a 150 sin casi sudar. Así que toca entrenamiento mental, aceptar caídas, levantarse y seguir. Cada paso en la montaña nos puede enseñar algo si estamos dispuestos a escuchar.

Cantocochino en el horizonte y ligera nieve, lo que le faltaba a la estampa. Pero no va a más y llega un cierto alivio cuando veo algo marrón en el suelo. Apuro el agua –beber cuando no se ve el sudor es fundamental– y veo la camiseta amarilla que seguiré sin resuello durante media hora. Llegan las huellas de alpinismo y mi compañero es un metrónomo; siempre que me acerco tiene un puntito más. Llega la cima y me da tiempo a saludarle, a reconocer cómo gestiona sus fuerzas. Pero toca la temida bajada y mis ojos le despiden en silencio.

Como el barro, la nieve pisada tiene peaje doble. “Ni con palos”, me dicen cuando me pasan con los bastones, otro consuelo que dejé en el baúl. Cuando el agua vuelve a personarse en estado líquido, disfruto de los dos últimos kilómetros, a la estela de Federico Sierra, calcando su baile. Y llego a meta sin mirar el tiempo porque sé que estoy lejos del objetivo, esas cifras que nos ponemos durante la semana sin tener ni idea de dónde vamos a pisar. Como dice mi entrenador, me fui a casa jodido pero contento. Una frase que resume mi experiencia en Mataelpino. Quería un crono mejor, pero me llevé una carrera de las que no se olvidan, uno de esos días en peligro de extinción en nuestra querida sierra.

En este enlace los resultados de la 1ª prueba de la Copa de Madrid de CxM – Mataelpino