MONTAÑA EN SOLITARIO: CONSIDERACIONES Y RECOMENDACIONES

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un montañero realizando montañismo solitario en la sierra

Por Gonzalo Pernas Frias

CONSIDERACIONES Y RECOMENDACIONES

Desde sus inicios, el montañismo recreativo se ha visto asociado a un planteamiento de práctica grupal. La propia institucionalización de la montaña ha ido consolidando un ecosistema de clubes organizados en federaciones, existiendo también asociaciones más o menos informales y meros grupos de amigos que organizan salidas regulares. No obstante, también desde el principio ha existido una figura de montañero solitario al que se le presupone experiencia, y que puede recurrir a la práctica individual por distintos motivos: experimentación de la Naturaleza en soledad, búsqueda de logros personales o una disponibilidad escasa, entre otros.

Cuando hablamos de montañismo recreativo nos referimos a senderismo y ascensiones normales, en contraposición al montañismo deportivo, que englobaría actividades más técnicas y menos susceptibles de acometerse sin una preparación específica. Por experiencia se entiende la adquisición de una percepción realista del riesgo, lo que implica entender y valorar correctamente los peligros objetivos y subjetivos, teniendo que ver los primeros con los factores y condicionantes ajenos a uno mismo, y los segundos con lo que está en manos del montañero: planificación y equipamiento, por una parte, y condición física y psicológica por otra. Tanto en la práctica en grupo como en la individual, la mayor parte de los incidentes y accidentes están relacionados con la peligrosidad subjetiva.

Planificación

Mientras que el montañero gregario suele delegar la planificación en el líder, que puede ser un guía benévolo o un técnico, el solitario ha de encargarse personalmente de las previsiones y los preparativos. Dando por hecho que se tienen los conocimientos técnicos que la actividad podría llegar a requerir, es importante no sobreestimar las propias capacidades e incluso subestimarlas ligeramente para añadir un plus de seguridad. Esto se traduce en la elección de itinerarios ajustados a la condición física y en un manejo holgado de los tiempos, especialmente en la época del año en la que los días son más cortos. Por supuesto, conocer el terreno siempre facilitará la planificación, que deberá ser mucho más conservadora tratándose de áreas menos conocidas. Respecto a zonas que no se conocen o terrenos a los que no se está habituado, ir solos puede llegar a ser desaconsejable.

También es buena idea incluir en la planificación una actividad alternativa; por ejemplo, un trekking a los pies de la montaña en caso de que la ascensión se vea comprometida por condiciones climatológicas peores que las previstas, o que una contingencia retrase la hora de inicio, lo que puede descabalar las cosas y acabar exigiendo una capacidad física superior a la propia. Un plan b también podría resolver un error de cálculo relativo al equipamiento, como optar por un recorrido a cota más baja por haber desestimado el uso de raquetas de nieve. Ambos supuestos son bastante comunes, y haber planificado una segunda opción le pondrá las cosas difíciles al sesgo de escasez: la idea de que se pierde la oportunidad de culminar el proyecto, tentando especialmente a quien tiene que decidir por sí mismo, como es fácil de comprender.

Equipamiento

Aparte de los ítems técnicos exigidos por el medio y sus condiciones, la montaña solitaria exige una cierta redundancia en relación al equipamiento. Cabe mencionar el tip de las «tres ges» que interesa portar por duplicado: guantes, gorro y gafas, porque su extravío podría comprometer seriamente a un montañero no acompañado. En un entorno estival severo hablaremos de gorra, gafas de sol y protección solar como indispensables. Para ambos casos, en las actividades grupales y guiadas suele ser posible proveer de alguno de esos elementos cuando faltan, mientras que la montaña en solitario requiere una elección extremadamente cuidadosa de todo lo que se necesita. También interesará llevar siempre un par de bastones ligeros y plegables, útiles en caso de lesión leve y —junto a una rafia plegada— un recurso eficiente para montar una tienda de fortuna. No cuesta nada añadir una manta térmica.

Lo ideal sería que el motnañero estuviese entrenado en el montaje de estos refugios efímeros, que adecuara su pequeño botiquín a las situaciones de autoasistencia que se le pudieran presentar y que contara con un cargador externo de móvil y un dispositivo con las opciones de emergencia actualizadas, lo que hace accesibles los contactos de aviso (el antiguo AA de la agenda, acrónimo de “avisar a”, ya obsoleto) y otra información relevante en caso de accidente grave. También es inteligente contar con un pito, puesto que permite ser oído cuando la extenuación ha apagado la voz, y manejar la misma holgura aplicada a los tiempos con el agua y los víveres, en función de lo que previamente se haya previsto en la planificación. Tanto por una cuestión de redundancia como de autonomía, es preferible usar un GPS físico que un software instalado en el móvil, aunque se cuente también con el segundo. También es aconsejable portar mapa y brújula y no escatimar con el frontal en casos en los que su uso de emergencia sea mínimamente posible.

Condición física y psicológica y recomendaciones finales

Ahondando en lo ya comentado respecto a la planificación, lo más sensato es que la condición física sea ligeramente superior a la exigida; algo que va ligado a la experiencia, puesto que pensamos en una condición específica, adaptada a un medio y actividad concretos. Dicho de otro modo, alguien que este “en forma” puede estar física y técnicamente poco preparado para ciertos proyectos que percibe como asequibles. Esto último enlaza con los condicionantes psicológicos: concretamente con la posibilidad de una valoración distorsionada de la propia adecuación física, que afectaría negativamente a la percepción del riesgo. La condición psicológica también se relaciona con conceptos más abstractos, como la prudencia o la temeridad, o con una idea insensata de superación u otras motivaciones que puedan conducir a una percepción poco realista de los riesgos.

A modo de recomendaciones finales, lo más razonable es que el montañista autónomo esté de alguna forma asegurado, en especial tratándose del extranjero, y debidamente informado de las particularidades relativas a la cobertura y servicios con los que cuenta, y en función de la legislación vigente en el lugar que corresponda. Aunque suene un poco a Perogrullo, es más que recomendable informar a alguien del sitio concreto al que se va, incluyendo los puntos de inicio y finalización y el tiempo estimado; algo que cobra un sentido más claro en actividades de varios días que no incluyan pernoctas en refugios guardados. En todo caso, lo fundamental es que el montañista solitario sea capaz de tomar decisiones sensatas y realistas, sobre todo ante una eventualidad en la que el riesgo se aproxime al límite de lo aceptable. Solo terminar con la conclusión obvia: la montaña en solitario es para los montañistas expertos.